Escribir
en un blog le da cierto grado de desfachatez a quien lo hace. En
primer lugar porque el sitio elegido es anticuado y ya casi nadie lo
utiliza como antes. Sin embargo, el anacronismo es un recurso que
facilita analizar el presente porque se puede pensar qué esperaban
sus creadores en el momento del furor. Mientras una pila de
pendientes esperan sobre el escritorio, es tentador preguntarse qué
sucedería si lo que aparenta urgente se transformara en algo
meramente postergable. Sin duda que muchas de las tareas que se hacen
a diario comenzarían a acumularse desmedidamente, sin embargo, una
pregunta insiste: ¿Qué ocurriría? Seguramente, agrietaría
parcelas de nuestra tan buscada e inexistente paz mental lo que
provocaría un gran caos. Esto da pie para rondar por una palabra que
se pronuncia con frecuencia para nominar a lo que se halla por fuera
de la razón. No me refiero a otra más que a la locura. Como se
aprecia en las líneas anteriores, la utilización de verbos
transitivos no es solamente una provocación al sistema de corrección
que comanda el software que utilizo para escribir estas reflexiones,
sino también, para imaginar futuros posibles. Condición que en la
actualidad está llamada a ser una herejía al sistema de morales
imperante dado que el
aquí y ahora moderno
ha devastado la noción de pasado, léase de interpretación, tanto o
igual que la del porvenir. La noción de locura ha sido profundamente
estudiada por eruditos y, es como el amor, una de las categorías más
difíciles de analizar puesto que ya se ha dicho casi todo desde los
griegos hasta acá aunque sobran productos, incluidos libros y film,
que siguen sin decir nada, sin embargo, son atractivas mercancías.
Un
maestro es desde el punto de vista de estas líneas alguien que sin
ningún superpoder se acerca a lo oscuro para iluminarlo. Gracias a
esa virtud poco rentable, llegué al film Fitzcarraldo
del
director alemán Werner Herzog y aún, mientras tecleo y me río
pensando en el remate, sigo con la boca abierta. La desmesura de esa
idea es descomunal porque había perdido de vista las instrucciones,
transitorias al fin, de cómo se hace cine y, si me aventuro, qué es
el cine. Demencialmente, Herzog no solo pone en escena situaciones
extraordinarias sin recurrir a efectos multidimensionales, también
accede a lo fantástico del lugar donde decide rodar su film.
Risueñamente podría decirse que, retrospectivamente hablando,
Herzog pensó en el porvenir de la humanidad y en el lugar que
habita. La desmesura, el derroche, la locura son algunos de los
recursos de los que el arte se alimenta, nutriendo sus mentes más
importantes. Un film, una obra de arte, no solamente puede
entretener, que no está nada mal, pero, además, puede hacer pensar,
otro recurso netamente gratuito, altamente denostado por el consumo
de un capitalismo que, sonriente, sigue emitiendo sus mejores señales
desde plataformas llamativas. Herzog (la insistencia con el apellido
es un recurso arbitrario porque de otra manera no se puede hacer
nada) comprueba que, en dos horas y media, un artista puede quejarse
de su época sin exhibir ni un gramo de sus miserias, sin elucubrar
ideas donde la aniquilación del otro (eso tiene un solo nombre:
fascismo) signifique mayor libertad. Herzog se anima a todo porque de
eso se trata la vida del artista, aunque el clima de época, tan
moderno estéticamente, tan inteligentemente artificial, cancele la
desmesura e intente aplacar la idea loca de que no todo el tiempo
merece ser convertido en mercancía.
Matias
Casoy, CEO de Rappi, dice orgullosamente que las personas que su
empresa explota no son trabajadores formales sino “microempresarios”
porque, graciosamente es cierto, disponen de su tiempo. Dada la
extensión de las reflexiones, recurso hereje si los hay, se
clausuran prometiendo más, mucho más, en exceso, en demasía, a
granel hasta que comprendamos cómo Borges escribió Nueva refutación
del tiempo considerando que aquí las keywords
fueron:
fallar, otra, vez.
Continuarán
las suturas….bir
en un blog le da cierto grado de desfachatez a quien lo hace. En
primer lugar porque el sitio elegido es anticuado y ya casi nadie lo
utiliza como antes. Sin embargo, el anacronismo es un recurso que
facilita analizar el presente porque se puede pensar qué esperaban
sus creadores en el momento del furor. Mientras una pila de
pendientes esperan sobre el escritorio, es tentador preguntarse qué
sucedería si lo que aparenta urgente se transformara en algo
meramente postergable. Sin duda que muchas de las tareas que se hacen
a diario comenzarían a acumularse desmedidamente, sin embargo, una
pregunta insiste: ¿Qué ocurriría? Seguramente, agrietaría
parcelas de nuestra tan buscada e inexistente paz mental lo que
provocaría un gran caos. Esto da pie para rondar por una palabra que
se pronuncia con frecuencia para nominar a lo que se halla por fuera
de la razón. No me refiero a otra más que a la locura. Como se
aprecia en las líneas anteriores, la utilización de verbos
transitivos no es solamente una provocación al sistema de corrección
que comanda el software que utilizo para escribir estas reflexiones,
sino también, para imaginar futuros posibles. Condición que en la
actualidad está llamada a ser una herejía al sistema de morales
imperante dado que el
aquí y ahora moderno
ha devastado la noción de pasado, léase de interpretación, tanto o
igual que la del porvenir. La noción de locura ha sido profundamente
estudiada por eruditos y, es como el amor, una de las categorías más
difíciles de analizar puesto que ya se ha dicho casi todo desde los
griegos hasta acá aunque sobran productos, incluidos libros y film,
que siguen sin decir nada, sin embargo, son atractivas mercancías.
Un
maestro es desde el punto de vista de estas líneas alguien que sin
ningún superpoder se acerca a lo oscuro para iluminarlo. Gracias a
esa virtud poco rentable, llegué al film Fitzcarraldo
del
director alemán Werner Herzog y aún, mientras tecleo y me río
pensando en el remate, sigo con la boca abierta. La desmesura de esa
idea es descomunal porque había perdido de vista las instrucciones,
transitorias al fin, de cómo se hace cine y, si me aventuro, qué es
el cine. Demencialmente, Herzog no solo pone en escena situaciones
extraordinarias sin recurrir a efectos multidimensionales, también
accede a lo fantástico del lugar donde decide rodar su film.
Risueñamente podría decirse que, retrospectivamente hablando,
Herzog pensó en el porvenir de la humanidad y en el lugar que
habita. La desmesura, el derroche, la locura son algunos de los
recursos de los que el arte se alimenta, nutriendo sus mentes más
importantes. Un film, una obra de arte, no solamente puede
entretener, que no está nada mal, pero, además, puede hacer pensar,
otro recurso netamente gratuito, altamente denostado por el consumo
de un capitalismo que, sonriente, sigue emitiendo sus mejores señales
desde plataformas llamativas. Herzog (la insistencia con el apellido
es un recurso arbitrario porque de otra manera no se puede hacer
nada) comprueba que, en dos horas y media, un artista puede quejarse
de su época sin exhibir ni un gramo de sus miserias, sin elucubrar
ideas donde la aniquilación del otro (eso tiene un solo nombre:
fascismo) signifique mayor libertad. Herzog se anima a todo porque de
eso se trata la vida del artista, aunque el clima de época, tan
moderno estéticamente, tan inteligentemente artificial, cancele la
desmesura e intente aplacar la idea loca de que no todo el tiempo
merece ser convertido en mercancía.
Matias
Casoy, CEO de Rappi, dice orgullosamente que las personas que su
empresa explota no son trabajadores formales sino “microempresarios”
porque, graciosamente es cierto, disponen de su tiempo. Dada la
extensión de las reflexiones, recurso hereje si los hay, se
clausuran prometiendo más, mucho más, en exceso, en demasía, a
granel hasta que comprendamos cómo Borges escribió Nueva refutación
del tiempo considerando que aquí las keywords
fueron:
fallar, otra, vez.
Continuarán
las suturas….