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lunes, 3 de mayo de 2021

PRIMEROS EJEMPLARES

 


"La literatura es la vanguardia de un ejercito que retrocede".
Ricardo Piglia

Recuerda que su primer libro fue una biografía bilingüe de Che. Que viajando desde el colegio secundario hasta su casa en el sur de la ciudad, vio que otro estudiante llevaba en sus manos una carpeta número tres negra. En su tapa lucia una calcomanía blanca muy atractiva para sus ojos. Nunca creyó en las señales, pero ese día se dejó llevar por algunas. La famosa foto que Alberto Korda, sin saber que poco tiempo después recorrería el mundo entero, le había sacado al Che contorneaba la carpeta del joven estudiante. Quizás la contemporaneidad de ambos fue la señal más fuerte aunque pensándolo bien, la ligazón más contemporánea era el poco horizonte visualizado.  Caminó las cuadras que lo separaban de la parada de colectivo hasta la puerta de su casa pensando cómo se las arreglaría para reconocer ese rostro. Luego de almorzar y con   algo de plata en el bolsillo salió en busca de algo; aun hoy no se responde para qué llevó plata, pero su idea era conseguir algo parecido o por lo menos algo que se acercara a esa rostro. Cuando llegó a una de las galerías más famosas de su barrio se metió derecho en la librería de usados que compartía medianera con un local de ropa juvenil. Nunca imaginó que ese día iba a ser el principio de un viaje sin final. Ni se le había pasado por su cabeza que esa tarde, ese rostro, esa cosmovisión, orientarían el armado de su mapa subjetivo.

La librería era tan parecida a las otras que conocería que, esa arquitectura quedó grabada en su cabeza. Anotó en su diario años después que en esos lugares se huele a hojas viejas que no solo conservan el paso inminente del tiempo, también alojan huellas imperceptibles a los ojos, sudores y lagrimas secas. Cada libro, escribió, tiene cientos de relecturas, marcas, teléfonos, nombres; cada lector inventa una nueva, incluso, aparecen interpretaciones que ni los propios autores habían pensado. Quizás ahí se esconda el secreto tan presente la vista pero tan oculto por la mirada.

Rojas paredes sostenían estantes blancos bien identificados. En el medio, como casi siempre, las mesas de saldo y novedades colmaban los ojos de los clientes. Detrás de todo eso, un hombre muy parecido a Antonio Di Benedetto sostenía con su mano el borde de una pipa casi apagada. Miró como si supiera adónde estaba y qué  se llevaría. Recorrió cada estante hasta que se colmó de valor para preguntar. Al parecer, el librero sabía bien de quien hablaba así que, tomado del hombro, lo acercó al lugar indicado. Era la primera vez que se enfrentó a un estante de libros, fue la primera vez que pensó en decir: “me llevo todos”. Revisó pero concluyó que cada uno tenía algo que justificaba su compra, además, recuerdan su diario que con la poca plata que tenía en ese momento podía irse con al menos tres libros. Eligió dos, previa recomendación del librero. Uno de ellos era la biografía bilingüe, que hoy día no la aceptaría ni regalada; el otro, algo parecido a un ensayo, polémico, pero, a pesar de eso, extrajo algunos datos bibliográficos para seguir indagando. El libro de Hugo Gambini comenzaba por el final, es decir, por el fusilamiento. Aun lo conserva en su biblioteca, nunca lo recomendaría. El problema surgió cuando el librero le acercó un hermoso álbum de fotos que, lamentablemente quedó en manos inmerecidas. La plata que tenía solo cubría el gasto de dos. Si queres llevártelos, lo desafió el librero, uno no te lo cobro, pero vení a contarme qué te parecieron. Ese fue el trato, creo que fue el primero en su vida.

Ese día inauguró las largas caminatas con libros a cuestas, siempre dos o tres, siempre. También encontró que para esa actividad no necesitaba compañía, al menos para esos ratos; era casi una obligación encontrarse solo para leer. Barthes escribió que uno se da cuenta que está enamorado cuando, estando en compañía, piensa en otra cosa. Le pasó muy pocas veces, incluso no podría enumerar más que dos. Mientras caminaba esa tarde se descubrió leyendo sentado, acostado, semi dormido, viajando, en un velorio, en medio de un llanto hambriento, en los cordones, a la madrugada, al mediodía, a la tarde, a la noche. Una tarde bastó para leerlos. Solo unas horas bastaron para poner en duda todo aquello que sus ojos y oídos habían visto y oído. Aun con todo eso, en las últimas paginas de su diario, se preguntaba qué es un lector.

jueves, 3 de septiembre de 2020

NOSOTROS NO SABÍAMOS NADA DE LEÓN

 

 *

Francisco, papa: 

Hoy, 3 de Septiembre de 2020, León Ferrari, cumpliría 100 años, un siglo, diez decenas. Antes de que usted comenzara a ser llamado por su nombre artístico, Francisco, el arzobispo Jorge acusó a Ferrari de blasfemo. Quiera usted recordar que una cancelación no siempre tiene los resultados que uno espera a priori quiero decir que, silenciar el grito, puede dejar marcas en la piel; cancelar, a veces resulta contraproducente, amplifica el grito. Miré, si la cancelación tiene doble filo uno me cortó, quizá el que usted no esperaba, el que usted no dominaba. Jorge, digo Francisco, yo sé que usted cree tener todo en sus manos y que la vida aquí, en la tierra, no es más que un pasaje finito y transitorio. Eso lo sé, me lo decía mi abuela, mi catequista, mi ex novia, el cura que me casó; pero sabe qué Francisco, yo, gracias a usted, papa, me hice miembro del CIHABAPAI (Club de Impíos, Herejes, Apóstatas, Blasfemos, Ateos, Paganos, Agnósticos e Infieles). Sé que es intolerante, imagino el temblor de sus manos mientras lee estas fútiles palabras, hasta creo escuchar el sonido de los agitados latidos de su corazón: imagínese, imagíneme, imaginemonos. Le confieso que es un merito suyo el que yo sea parte de ese club: le gusta, se siente más cómodo, no que yo sea parte del club gracias a usted; con la confesión, le digo.

Lo recuerdo como si fuera hoy. El cielo estaba celeste celeste, igual como el que vio Belgrano el día que pensó en los colores de la bandera, de la nuestra, de los borbones. Yo caminaba por las calles porteñas tratando de entender un poco la locura argentina, un poco. Era 2004: ¿Se acuerda? ¡Qué lio! Kirchner gobernando, Duhalde traicionado, el peronismo fragmentado pero gobernando, el radicalismo refugiado cerca de la Sociedad Rural, trabajadores desocupados, hijos e hijas hambrientxs, Kosteki y Santillán asesinados, el asesino en la casa, la izquierda discutiendo si Trotsky o Lenin o mejor Luxemburgo que era más de centro, ahorristas devenidos en piqueteros, piqueteros devenidos en estigma social, nunca en ahorristas. Menos mal que se fue, Jorge, menos mal, le hubiese dado algo.

Pero no nos vayamos tan atrás. 2004. Centro Cultural Recoleta. Usted arzobispo de Buenos Aires. León Ferrari, León. ¿Yo?, un joven con pocas expectativas laborales y académicas, pero dudoso del silencio de dios, del silencio y de dios. Ya sé, no me diga. La duda. Que le molesta la duda. Créame que no lo puedo evitar: usted entiende de creencias, compréndame sin ofenderse o en todo caso perdóneme, que de eso también entiende.

Lo cierto es que el griterío en las inmediaciones del Centro Cultural Recoleta me llamaron la atención. Lo primero que pensé es que la gente de bien que vive por allí se rebeló con el patagónico. Me pareció un poco apresurado, pero bueno, ya vio como es todo acá, en Argentina. Hay momentos que pienso en Yrigoyen, en Alvear, en Justo, en los radicales, en los personalistas, en los antipersonalistas; en el ejército, en Ramirez, en los fusilamientos a obreros, en el fraude; en Yrigoyen y en los fusilamientos, en Alvear y en el fraude, en Ortiz y la enfermedad; en Perón y en la proscripción, en la isla Martin García, en Rojas y en Perón, en Aramburu, en Perón y en los testículos de Cipriano Reyes; en Frondizi y en Perón, en la traición y en Frondizi, en el Che y en la reunión; en todo pienso, papa: ¡qué le voy a contar yo de mano dura, qué le voy a contar! ¡Videla! ¡Massera! ¡Guardia de hierro! ¡Por favor, papa!



Nada de rebelión, nada. Solo un grupo de personas rezando frente al CCR y otras prepoteando a los guardias para entrar. Azorado pregunté a una mujer qué pasaba allí dentro. Se levanto del piso y vi que sus rodillas estaban rojas, rojas de arrodillada en el piso; pensé: esta mujer tiene el paraíso asegurado. Me dijo: que qué pasa, que no sabes que este país está lleno de blasfemos, habría que haberlos matado a todos, marxistas mugrientos y ahora hay que mantenerlos, me gritaba casi pegada a mi oreja. Quién le habrá dicho a esta señora que marxismo es sinónimo de pobreza, me dije. Le agradecí por la explicación y me dirigí a la boletería. El chico que me picó la entrada  me advirtió de que mejor me fuera a tomar el té a la confitería porque adentro había lio, así de claro, así de correcto. Caminando por el tumulto, papa, escucho la campana de la iglesia. Ese sonido, colonial presumo, musicalizó mi primer encuentro con la obra del blasfemo, León, Ferrari, el artista que usted trajo hasta mí con su carta. Fue fabuloso papa y cuánto se lo agradezco. No sabe el cachetazo de realidad que tuve al ver a Cristo, a Jesucristo colgado de las alas del avión del ejército norteamericano. ¡Qué impresión papa! El arte es eso vio, no se explica, pero cuando se siente: ¡ay, dios!

 *


No quiero robarle más tiempo, Jorge. Sé que esto de ser CEO del cielo en la tierra es laborioso. Solo dos cosas más: esta tarde, el presidente francés, Emmanuel Macron, dijo desde el Líbano, ex colonia francesa, que la libertad de blasfemar está ligada a la libertad de conciencia y también dijo que es un deber no tener un discurso de odio y de respetar, papa. No tan parecido opinaba usted hace unos dieciséis años cuando en la carta en repudio a la exposición dijo que se encontraba dolido por la blasfemia perpetrada en el CCR. Ya sé, ni la Tercer República, ni Diderot, ni Voltaire, ni Rousseau, nada, ni de surrealismo; ni Mariano Moreno, ni Monteagudo, nada. Entonces, para cerrar le propongo tipificar la blasfemia: blasfemia ortodoxa, blasfemia heterodoxa; la primera: ofensa sobre la majestad divina; la segunda: ofensa a los miembros del CIHABAPAI (Club de Impíos, Herejes, Apóstatas, Blasfemos, Ateos, Paganos, Agnósticos e Infieles) toda sugerencia, consejo y repudio de la autoridad de la divinidad en la tierra terrenal. ¡Justicia papa! ¡Justicia Francisco! ¡Justicia Jorge!

Gracias por haberme tendido puentes a la obra de quien hoy hubiera cumplido 100 años. Un siglo. Diez decenas. Esta es la segunda cosa, la otra.

Pedido del Club

 Papa: gestione la anulación del juicio final y de la inmortalidad, y el desalojo y demolición del infierno.

Su servidor.


 *Las imágenes utilizadas son propiedad de:

https://leonferrari.com.ar/relecturas-de-la-biblia/